Ajustarse los pelos sueltos momentos antes de una foto grupal es tónica habitual. Foto: Ivo B.

Las crestas para los punkies

Opinión

No soy pobre. Tengo la suerte de tener una familia con ingresos aceptables para mantenernos relativamente bien la mayor parte del año. Desde luego, tampoco soy rico. Cada vez que salgo me cuido bien de no pasarme frente a los limitados gastos que me puedo permitir. Mi caso es el de la mayor parte de la población en nuestras sociedades desarrolladas. Aún siendo así, nos empeñamos en clavarnos pines. Banderitas, que actúan como etiquetas para definirnos.

En la sociedad consumista estos tags suelen estar en nuestras adquisiciones. Sea el polito o fachaleco de turno, los piercing en la nariz, pezones u ombligo, o la camiseta con el creeper de Minecraft, parece ser que somos lo que llevamos. Y lo mismo pasa con el estilo de nuestro pelo, que también tratamos como accesorio. Resulta gracioso pensar en cómo un puñado de células muertas que se arremolinan en nuestra cabeza, como aferrándose a la creencia de que aún somos homo erectus que necesitan protección frente al mal tiempo, pueden ser en ocasiones motivo de gran inseguridad u orgullo.

Pero es así. Todo el mundo se ha ajustado los pelos sueltos momentos antes de una foto grupal. Todo el mundo ha salido enfadado alguna vez del peluquero sin haber tenido el valor de decirle: «Hay que ver cómo me has dejado, compadre». Pero no solo eso. Me atrevería a decir que una gran parte de las personas radican mucha de su autoestima y orgullo de imagen en sus queridas células muertas.

En un mundo que parece darle cada vez más importancia a la apariencia, no resulta tan chocante que tras un radical corte de pelo la gente te mire con cara rara. Pero no por ello es menos preocupante. Parece que incluso nuestra generación, aún jóvenes y con el impulso de comernos el mundo, ha caído en la trampa social. Una trampa que desemboca en un molde perfecto para ti, elegido por ti mismo. Tu propio molde en el que puedes crecer, pero sin rebasar nunca sus límites.

«No soy emo, ni friki, ni quinqui, ni pijo, ni facha, ni hippie, ni mucho menos punky»

Hace poco me hice una cresta, corte que ‘no se ajusta’ a mi personalidad. Y las reacciones son graciosas: la gente que cojea de un lado puede que directamente lo tache de hortera o de mal gusto. La gente que cojea del otro dice cosas como: «Yo nunca me lo haría» o «No me gusta como te queda». Es ahí cuando me entran ganas de replicar: «Esa es la intención. Me gusta que no te guste». No soy emo, ni friki, ni quinqui, ni pijo, ni facha, ni hippie, ni mucho menos punky. Soy Ivo y me apetece llevar una cresta.

Esto es un problema que creo que forma parte de otro aún mayor, que da para una conversación difícil de apretar en un artículo. Y una que sin duda no debería ser un monólogo. Pero si algo saco en claro de la importancia que le damos a nuestros queridos felpudos móviles es que muchos de los procesos que sirven para institucionalizarnos son completamente inconscientes y solo se explican en el más allá de nuestras pantallas. Se razonan en los momentos en los que nos paramos un rato y decidimos usar eso que se encuentra cubierto por las células muertas que tanto adoramos.

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