Cuando se habla del término estudiante puede aparecer una imagen recurrente: una persona joven, con sus libretas, hojas por doquier, un bolígrafo escondido en el fondo de la mochila y algún aparato electrónico para apuntar esas largas clases de hora y media. Es común atribuirle a este grupo un claro nivel intelectual, siempre y cuando esté en los estándares aceptados. Todavía hay diferencias en decir «estudio Historia del Arte» a un «terminando Ingeniería Aeroespacial». El hecho de que aquello que estudies definirá tu futuro y que si no lo logras será el fin, a eso se enfrentan los estudiantes de ahora.
Una visión tan extremista como incorrecta. Hay un ejemplo claro de ello, Hugh Jackman, el actor de Lobezno, antes de saltar a la fama hacía de payaso en fiestas infantiles e incluso estudió la carrera de Periodismo. Claro que en su tiempo libre fue cajero y dependiente en una tienda de conveniencia el 7-Eleven. Todo para pagar su sueño, las clases actorales.
No está claro cuándo empezó la moda de meterse en carreras como Enfermería «porque te pagan mejor», pero es bien sabido que los prejuicios van y vienen en función de lo que desarrolles en tu vida. Sin importar los sentimientos personales o el disfrutar de aquello que te motiva. Un objetivo a futuro que no sea sentarte en un cubículo con un ordenador y un café frío al lado, viendo como los de tu alrededor están igual que tú, aburridos.
«Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti»
¿Cuándo fue la última vez que sonreíste genuinamente? Disfrutar con algo que te llena de verdad, el no sentir esa tensión constante de que lo estás haciendo mal. El camino nunca es lineal, la vida está para sorprenderte. Por mucho que queramos detener la alarma de por las mañanas y que el tiempo se pare con ella, no va ha ocurrir.
Existe una frase de Friedrich Nietzsche que ha sido repetida hasta convertirse casi en un lugar común: «Quien con monstruos lucha debe cuidarse de no convertirse también en monstruo. Y cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti». No hablaba de los exámenes ni de los créditos universitarios, por supuesto. Hablaba de la condición humana. Sin embargo, resulta inevitable pensar en cuántos jóvenes pasan meses asomados a ese “abismo” hecho de incertidumbre, autoexigencia y miedo al fracaso.
«Una nota no pueda definir el valor de miles de millones de estudiantes»
En la escuela te enseñan a hacer buenas y buenos estudiantes: tener una agenda personal, apuntar las fechas, estudiar una hora al día o incluso cómo hacer buenos resúmenes de repaso para esos exámenes finales. En lugares como Singapur, con alumnado que sobrepasa las cincuenta horas semanales de estudio entre tareas y extraescolares, o China con las Juku (academias de tutorías privadas) hasta la noche abiertas, tienen las notas medias más altas a nivel mundial. Es curioso que vaya de la mano con los países con mayor crisis de salud mental juvenil.
Quizás el sistema se equivoque y una nota no pueda definir el valor de miles de millones de estudiantes. Lo que sí está claro, es que un par de miles sufren a diario ataques de ansiedad, migrañas, aislamiento social, temblores o el miedo a una hoja de papel. Son conscientes de que lo que pongan ahí será definitivo, una película de terror que acaba y empieza con su propia mano.
