Mujer caminando por la calle de noche. Foto: A. Guillén

Avisa cuando llegues

Opinión

No vamos a descubrir nada nuevo, tampoco a desaprovechar la oportunidad para hablar de ello. El «avisa cuando llegues» cansa, no porque lo escuchemos con frecuencia, sino por el motivo que hace que esté tan presente en nuestro día a día. Tan abonado a la cotidianidad. No paramos de oírlo, pero el mensaje intrínseco es terrible. Triste. La calle es un lugar hostil para la mujer. El hombre ha hecho que lo sea. No se ofendan, no generalizo, pero estoy segura de que sin ellos, salir a la vía pública de noche no nos daría tanto miedo.

La inseguridad femenina en la calle está normalizada. Nosotras mismas hemos asumido de manera consciente o inconsciente que es lo normal, que no nos queda otra. Y si entendemos lo normal como habitual u ordinario, no nos falta razón. Pero, ¿qué tiene de normal sentirse en peligro en el lugar que frecuentas a diario? Nada. Pues nosotras lo experimentamos, en especial por la noche. Es como si estuviésemos programadas para estar alerta, parece consustancial al género. Lo vivo en mis propias carnes, alguna vez me juzgué por miedica. Pero no lo soy, no lo somos. Asimismo, como hemos leído y oído en protestas y movimientos feministas, tampoco queremos sentirnos valientes cuando salgamos a la calle. Queremos sentirnos libres.

La realidad es que resulta imposible no temer estar sola en la calle durante las últimas horas del día o las primeras del siguiente, después de escuchar lo que le pasó a una amiga o a tu hermana la última noche durante el camino de vuelta a casa. O después de ver todos los días en los medios noticias de mujeres que sufren algún tipo de violencia. O, sin ir más lejos, después de vivir tú misma una experiencia de acoso o abuso.

«El patriarcado también domina el espacio público»

El estado de alerta nos hace buscar mecanismos de protección. Hay quienes corren para llegar lo antes posible o incluso dejan de salir porque recuerdan que van a tener que volver solas a casa de noche. Otras se ponen la capucha de la sudadera para pasar desapercibidas. Yo suelo quitarme los auriculares y evito mirar el móvil. «Voy todo el rato mirando a mi alrededor, cualquier ruido me asusta», me comentaba una amiga el otro día. Algunas eligen ir hablando por teléfono o compartir su ubicación en tiempo real.

También las hay que corren con la capucha puesta, mientras giran el cuello en todas las direcciones, con los cascos quitados y hablando por teléfono. Es decir, que hacen cualquier tipo de combinaciones de estas acciones con tal de sentirse algo más seguras. Son todos estos comportamientos producto del miedo, y no del innato, sino del impuesto por estructuras patriarcales.

Estamos cansadas, llevamos toda nuestra existencia estándolo. Por ser cosificadas, oprimidas, reducidas, subordinadas. Porque hay acosadores, abusadores, agresores y violadores. El imperativo que da nombre a este artículo es el reflejo de un miedo estructural. Y es que el problema no es la frase en sí, sino la realidad que la hace necesaria. Porque no está mal decir «avisa cuando llegues», pero quienes lo decimos soñamos con dejar de decirlo por miedo a que te hagan daño por el camino.

Lo último sobre Opinión

Ir a Top