El reloj marcaba las ocho y media cuando el Paraninfo se sumió en el silencio expectante del público. La obra El manifiesto de los estudiantes de Munich comenzó de forma un tanto sorprendente: los protagonistas se sumergieron entre público y los hicieron partícipes mientras lanzaban panfletos: «Reclamamos al Estado de Adolfo Hitler que nos devuelva la libertad personal, el bien más preciado de los alemanes. Firmado: La Rosa Blanca», se plasmaba en el papel.
En el inicio de la primera escena, en el escenario, un padre y una hija protagonizan el núcleo emocional de la historia. Él representa a una generación atrapada entre la responsabilidad familiar y el peso político de la Alemania nazi. Sophie, la hija, una joven adoctrinada por el régimen y convencida de que forma parte de ‘la única escapatoria de Alemania’.
En un nuevo acto, jóvenes reclutados por el régimen colocan propaganda nazi en las paredes de la Universidad de Munich y le arrebatan a Sophie sus libros, representando la radicalización y el contexto de violencia moral de la época. Además de plasmar cómo en la Alemania de la época la cultura era un bien prohibido que favorecía la creación de una sociedad más fácil de manipular. Entre actos, una música intensa, parecida a tambores, se incrustaba en el interior de los cuerpos, te hacía vibrar según el compás y daba una sensación de intensidad al público según avanzaba el espectáculo.
«Leer no tiene nada de malo»
El escenario se ilumina para introducir a los estudiantes que terminarán formando parte de la resistencia. Hans, hermano de Sophie, quien se percibe muy nervioso y vigilante y Alexander, su compañero, llega alarmado: sospechan de ellos. El clima de miedo es cada vez más constante y las prohibiciones más duras. En medio de la tensión, Sophie sospecha de las actividades clandestinas de su hermano y recoge un papel que se cae de las pertenencias de Alexander: «¿No es cierto que todos los alemanes se avergüenzan de su gobierno en estos días? Desde la conquista de Polonia, más de trescientos mil judíos han sido asesinados en este país», lee la joven dirigida al público, mostrado que acaba de ser consciente de las atrocidades del régimen al que apoya. Las luces se funden a su alrededor y la música atronadora vuelve a inundar la sala.
La amenaza del régimen aparece de forma directa con un capitán nazi que tiene una orden directa de capturar a los miembros de la organización La Rosa Blanca. Al llegar la noche, Hans interrumpe la oscuridad del momento, arranca los carteles nazis y pinta una palabra en la pared mientras las sirenas y los silbatos de los guardias retumban entre las paredes: libertad. Como represalia, Hans es detenido por vandalismo y atentar contra el Führer.
El capitán ordenando la detención de miembros de La Rosa Blanca. Foto: A. Lugo
La represión no tarda en llegar. El sonido de los guardias aporreando la puerta cargan la escena de nerviosismo al irrumpir en la casa de Sophie y registrar cada rincón. Encuentran libros prohibidos y proceden a detener a su padre. La sala está compungida con los llantos y gritos de Sophie ya que su padre será condenado a trabajos forzosos en Rusia. La escena termina con ella sola, furiosa y desolada, deshaciéndose de su trenza y de la imagen de niña obediente que había mantenido hasta entonces. Un halo de esperanza la rodea y alienta a los presentes. Sin embargo, las luces se ensombrecen y la aflicción vuelve con la llegada del padre al escenario, pero esta vez se dirige personalmente al público: «La última vez que vi a mis hijos fue en las dependencias de la Gestapo y me sigo preguntado: ¿Valió la pena?, ¿Lo podría haber hecho mejor?, ¿Hemos aprendido algo?» Las luces se vuelven a oscurecer y pese a la amargura de quienes estábamos presente se dio paso a la siguiente escena
«No se trata de bandos, sino de respeto»
En el clímax de la obra, los estudiantes se reúnen en secreto para redactar un manifiesto: «Reclamamos que nos devuelvan la libertad personal, el bien más preciado de los alemanes». La culminación llega cuando Sophie, impulsada por el entusiasmo y la convicción, lanza los panfletos desde la azotea del edificio universitario. Durante unos segundos parece que el mensaje de libertad se abre paso hasta en los que estaban allí sentados. Pero la esperanza se vio frenada con la llegada de la policía y Sophie es detenida a punta de pistola. Las luces se vuelven oscuras y el público vuelve a sostener el aliento.
En la cárcel, el capitán sostiene el manifiesto mientras tacha a Sophie de traidora. «Los traidores sois vosotros, los nazis», un grito de la joven que abre como platos los ojos del público ante el acto de rebeldía. De fondo, una música triste y desesperanzadora se apodera de las emociones de la multitud presente. Entre los llantos de una desesperada Sophie, se crea una escena paralela en la que se encuentra con su padre: «¿Merecía la pena?, ¿Lo pude hacer mejor?, ¿Hemos aprendido algo?». «¿Me das un último beso?», respondió su hija. Vuelven los tambores a la sala y con ellos, lágrimas en los ojos del público. Finalmente, Sophie y su hermano Hans son condenados a la horca por formar parte de la organización pacífica La Rosa Blanca, un símbolo que intentó luchar por un país condenado.
«Tú espíritu está tan aplastado por el abuso, que olvida que es su deber moral eliminar este sistema»
Las luces se tiñen de un verde esperanzador y arropan a unos hermanos injustamente condenados. «¿Tienes miedo?», se preguntaban. Mientras sus almas se iban entre las cuerdas, su padre volvió con sus hijos y al unísono pronunciaron: «Tal vez el verdadero heroísmo son las batallas del día a día». Sophie le pide a su padre: «¿Me das un último beso?».
Mientras la audiencia se abrumaba con la escena familiar, la joven revolucionaria se alzó ante público con el puño en alto: «Estudiantes, el pueblo alemán dirige su mirada ante nosotros. Alemania espera que sepamos quebrar este rol con el poder del espíritu. Los muertos nos convocan. Nuestro pueblo se alza ante la esclavización de Europa de manos del nazismo. No guardaremos silencio. Somos su conciencia. La Rosa Blanca no los dejará en Paz». El ritmo intenso se detuvo y con él, el silencio y la oscuridad. El público se levantó de sus sillas para acompañar un aplauso que inundó el auditorio. Los actores sintieron el cariño de quienes presenciamos una obra que honró la memoria y dio voz a quienes murieron en busca de la libertad.

El capitán ordenando la detención de miembros de La Rosa Blanca. Foto: A. Lugo









