Todos a la guillotina

Opinión

Platón le da techo en su caverna a cada clase social. Todo grupo humano ha estado sentado en una cueva observando sombras negras que creían la verdad, su propia verdad. Vemos la realidad a través del prisma de las ideologías, un objeto que todo lo deforma. Los empresarios españoles son los ojos subjetivos del mercado laboral. Fundamentan las lacras del trabajo en el país, la limitación de oportunidades, la endogamia clasista y la máxima exposición del enchufismo. En las universidades españolas los alumnos viven desenfrenados entre fiestas, clases y pocas horas de sueño para amargarse en la cola del paro al obtener la titulación. Gritan, discuten y escupen sus ideales, banales o no banales pero todos sujetos a la ceguera por andar firmemente atados a las creencias. El trabajo es pues una lucha por el oportunismo y la suerte de la supervivencia.

La cuestión es cómo distinguir el horror de un futuro que entierra tanto a vagos como a prodigios. El empresario, el que decide contratar a un profesional, se guía por un currículum muchas veces aderezado con una carta de recomendación, algún contacto que tire flores sobre la persona y que cante un poco al ritmo de los favores entre buenos amigos. Ser «hijo de…» siempre ha abierto muchas puertas tanto para talentosos como a torpes. Tristemente el nivel de preparación no interviene más que en una mínima medida cuando se conoce a la persona adecuada. ¿Qué más da entonces estudiar, ir más allá de lo que te enseñan en la universidad si la clave reside en saber con quién relacionarse? Entonces dejemos morir la filosofía, la ética y la moral para ponernos a lamer traseros. El fin justificaba los medios, ¿no? Así, las clases universitarias se infectan de alumnos desmotivados que culpabilizan a los profesores de impartir una enseñanza inútil para la vida real. Esa vida que empieza tras acabar el grado, cuando se introducen en el mercado laboral. El problema, es que la vida real es esa que ya viven.

«Tanto ricos como pobres se desentienden de la labor de aprender descubriendo. Imitan, repiten y disparan…»


Mimados por las condiciones, esperan que el conocimiento útil aflore por arte de magia mientras caminan entre la futilidad de las quejas. ¿Quién es el tirano? ¿El empresario o el universitario? El que se queja, pasa, no lee, no se interesa y le pesa lo que estudia, lo hace y deshace, levantarse y lamentarse de no ser nadie. Al final, son el mismo perfil en dos puntos temporales distintos. Manuel Castells afirmaba en una entrevista para Café Refugio que existía una administración clasista de la crisis y por ende, de las oportunidades laborales. El sector socioeconómico desde el que se parte al iniciarse en el mundo del trabajo, resulta esencial a la hora de encontrar una buena oportunidad. Los buenos contactos son siempre la piedra angular que permite cobrar un buen sueldo. Una cultura elevada, poder permitirse ropa de marca y llegar a la entrevista de trabajo en un coche caro, alimentan la verdad del enchufismo. Aún así, tanto ricos como pobres se desentienden de la labor de aprender descubriendo. Imitan, repiten y disparan comiéndose en la lucha por subir un poco más en el escalafón social. Parecemos gritar «¡yo soy diferente!» a cada acto, dentro de un teatro de marionetas movidas por los mismos hilos.

La guillotina fue conveniente durante la revolución francesa de 1789 pero si ahora quieren un cambio, cortar cabezas es solo la forma de morir todos: «Ojo por ojo y todos acabaremos ciegos». Ni el propietario de una empresa por aceptar a su sobrino sin estudios de gerente es menos culpable que el estudiante que se niega a prepararse porque la educación es mala y el mundo oportunista. Es el dilema de acabar arraigados a la globalización del pensamiento, aceptar lo que se espera del futuro y negarse la posibilidad de ser contraproducente para el sistema. Las personas están hartas y sobreviven en un planeta caníbal en constante guerra vacía. Es la controversia de capitalizar las ideologías, de que se vendan banderas comunistas en las tiendas capitalistas y ponerle a Nietzsche melodía.

Esta generación parece llegar al nihil, subiendo fotos de El Anticristo a Facebook durante el día y a ritmo de reguetón cuando cae el sol.

Vivo a través de la fotografía empapada en filosofía y arte. La cámara es mi mano derecha. A veces busco ser la indómita niña del periodismo.