No es Víctor… es Victoria

Opinión

¿Por qué siguen existiendo días para luchar contra la homofobia? La verdad es que ya no me salen las palabras. ¿Qué hay de malo en amar?

Supongo que este artículo será testigo de mis conclusiones. Supongo que mis palabras fluirán y que dirigirán una dura crítica a los que discriminan, amenazan, escupen, insultan, apalean o que simplemente piensan que amar a otra persona es asqueroso. Pero una crítica no sirve para nada si quienes la leen miran hacia otro lado. Me gustaría preguntarles. Me gustaría averiguar ¿Por qué? ¿Acaso no es amor?

Amor… qué palabra tan hermosa. Y cuán hermoso es cuando llega. ¿Por qué juzgarlo? ¿Por qué condenarlo? ¿Por qué esconderlo?

Amor: esa complicidad silenciosa, ese miedo primerizo, esas noches cabalgadas por las más dulces ensoñaciones y las más tiernas y desbocadas palpitaciones. El amor: esas primeras miradas, esos primeros deseos, esas primeras codicias y voracidades carnales.  Una palabra, un roce, un beso. Y nuestro corazón se rinde. No puede hacer otra cosa. Noches en vela y días de quimeras. Eso es amor. El orden de los factores no altera el producto. Nosotros mismos lo dijimos.

Todavía recuerdo una historia. Una historia real. El nombre de la protagonista no es importante en el contexto de su desarrollo, pero sí sus ideas, sí sus miedos.

Nos conocíamos desde hacía ocho años. Habíamos compartido confidencias, risas, llantos, sueños, miedos y muchas, muchísimas noches de hablar y solo hablar. Una tarde estaba extraña. Parecía tan triste, tan consumida, tan herida. Y no pude evitarlo. Mi sorpresa llegó cuando tras un arduo interrogatorio sus labios lo confesaron:

‒No es Víctor… es Victoria. Y se echó a llorar. Era un llanto desconsolado, un llanto duro, un llanto profundo, un llanto amargo y desesperado. Un llanto que no entendía. Lo único que cambiaba de aquella situación eran dos letras. Nada más.

Y no sé por qué… pero es así. La quiero.

Recuerdo que le di un abrazo. Recuerdo que temblaba.

‒¿Por qué a mí, Gema? ¿Por qué a mí?

Todo se me contrajo. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se avergüenzan de su amor? Los subyugamos y condenamos a vivir la única vida que les queda entre miedos, silencios y llantos estrangulados. Les hemos hecho repudiar y odiar su propia naturaleza. Pero… ¿Acaso no es amor? ¡Por dios! ¡¿Acaso no es amor?!

‒Y por qué no a ti. Respondí. Todavía temblaba.

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