Más que 125 kilómetros cuadrados

Opinión

En un mundo como este, en el que priman las tierras, la codicia y las posesiones, antes que la historia, la cultura y la vida. En un mundo en el que se diferencian y separan a las personas como si fueran indignos de cualquier derecho. En un mundo en el que existe un muro de hormigón que supera los 800 kilómetros y no parece cesar su recorrido. En un mundo en el que reclaman tu identidad con un ejército de fusiles de asalto detrás y en el que disgregan familias con vallas electrificadas de 100 metros. En un mundo como ese, se trata de eliminar la única posible solución pacífica tras 70 años de guerra.

3640 muertos. 150 000 sin hogar. Esos son los resultados de la población palestina tras las tres últimas grandes masacres israelíes en Gaza: Plomo Fundido, Pilar Defensivo y Margen Protector. Sin embargo, se producen embestidas diarias con medios antidisturbios y disparos de munición real. Embestidas insonorizadas. Embestidas que se duplicarán infinitamente si no se percibe Jerusalén como epicentro de cualquier solución negociada sobre el conflicto.

Alimentamos la guerra constantemente


¿Dónde está la sorpresa en la declaración de Trump? ¿De qué nos horrorizamos? Se habla de esta guerra como un caso aislado cuando la alimentamos constantemente. Las exportaciones de armas alemanas y estadounidenses, el reparto de territorios, el colonialismo británico, el apoyo a muros separatistas… ¡Sorpresa! Una vez más el imperialismo occidental y sus intereses capitalistas son los protagonistas de esta historia. Y, ¡sorpresa! Una vez más, fingen el mejor papel de asombro y extrañeza ante los medios y el resto del mundo, con un discurso bien elaborado que comienza con un “hay que parar esto” y termina con “pero no es nuestro asunto y no podemos involucrarnos”.

Se ha abordado el conflicto con la percepción de que los judíos y los árabes luchan por territorio y se ha optado por la, aparentemente lógica, solución de la división de tierras. No obstante, no se trata de 125 kilómetros cuadrados, la extensión de Jerusalén. Se trata de alcanzar la libertad sosegada de dos estados que requieren de la definición de un horizonte político. Se trata de darle voz a un exterminio que está acabando con vidas diariamente. Se trata de dejar de abonar una pugna por meros beneficios propios. Se trata, tal y como dijo Montefiore, de que Jerusalén “sea la capital de Israel, pero no indivisible porque para alcanzar la paz también necesita ser la capital de Palestina». La paz de la que les despojaron en el colonialismo y la cual hoy, lejos de devolverla, siguen arrebatándola.

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