Las calles se inundan de tristezas eternas. Foto: Deborah Barroso

Lágrimas

Literatura

 

Llora, el cielo llora y se estremece

inundando de tristeza las calles,

las plazas y los albergues.

Llega para quedarse, no tiene prisa;

maldita sea, de nuevo llueve.

 

Corazones de hielo renacen

y al mismo tiempo mueren:

con el frío y los lamentos

no sobreviven ni los que quieren.

 

Por eso el gran rey azul sigue llorando,

rompiendo cada pedazo de sí,

rociando con agua color carmesí

aquellos lugares recónditos

que están enamorados del frenesí.

 

El ambiente se baña de nostalgia,

caen lágrimas por mejillas sonrosadas,

resuenan las gotas en los cristales de las casas

y llora, el cielo sigue llorando.

 

No encuentra motivos para abstenerse

y susurrarnos que lo que viene,

siempre,

será mejor de lo que es.

 

Ahora nadie comprende los dichosos porqués,

no se entiende que las personas de siempre

se vayan y vengan sin avisar,

sin preguntar siquiera si esas despedidas importarán.

Y claro, claro que dolerán.

 

Pero, cielo, querido cielo, no llores más.

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