El barrio de Castro en San Francisco, símbolo LGTBI. Foto: Cristina Magdaleno

Estados Unidos: muy parecido al infierno

Sociedad

Cuando uno piensa en Estados Unidos es imposible escapar de las miles de ideas preconcebidas por culpa del cine, las series de televisión, algún que otro libro y horas y horas de canciones cuyo escenario principal suelen ser las eternas carreteras y la vida de la clase obrera norteamericana (culpables: Dylan, Petty, Springsteen y muchos otros). Hice un viaje corto a Estados Unidos, de una semana, y estuve cinco días en San Francisco y dos en Los Ángeles. Y lo cierto es que nada más pisar suelo americano es difícil no llevarse los primeros golpes de realidad y comenzar a ver cosas de las que nadie parece hablar y que hasta los viajeros ocasionales omiten.

Edificio con graffitis en alguna calle de San Francisco. Foto: C. Magdaleno

En San Francisco, si quieres experimentar tu primer golpe de realidad, es recomendable ir a eso de las 7 de la tarde a la zona del ayuntamiento. Al escoger el hotel, no seas demasiado eurocentrista y hagas el razonamiento lógico de: ‘si está cerca del ayuntamiento será buena zona’ porque buena parte de los planteamientos que traigas de casa no van a servir.

Cerca del ayuntamiento hay un tramo de unos 700 metros en el que la calle (High St.) está llena de prostitución y personas sin techo que compran, venden y consumen droga con una cotidianeidad desoladora. Esto, que puede quizá parecer producto de un sábado a las siete de la tarde, ya de noche, fue una imagen que se repitió al día siguiente, por la mañana y a plena luz del día. También, aunque en menor medida que en High St, era habitual ver algo similar en las calles principales de la ciudad.

554.000 personas sin hogar


Solo en California, el número de personas sin hogar es de más de 114.000, según el Departamento federal de Vivienda y Desarrollo Urbano (algo así como el Ministerio de Vivienda en Estados Unidos) en un dato publicado por el New York Times en este reportaje que os recomiendo si queréis leer algo más sobre el tema.

El número de homeless en el estado de California supone una cuarta parte del total de personas sin techo en EEUU, que se sitúa en 554.000. Para que os hagáis una idea, la ciudad de Albuquerque, la ciudad más poblada del estado de Nuevo México, cuenta con 545.000 habitantes. O Charleston, la segunda ciudad más poblada de Carolina del Sur, tiene 120.000 habitantes, ligeramente superior a la cifra total de personas sin hogar que viven en California.

A lo largo de los últimos años, muchas personas sin techo han migrado al oeste huyendo del frío de la costa este en los meses de otoño e invierno. Es esto lo que explica la enorme cifra de personas sin hogar que hay California, un estado en el que la temperatura media de sus dos principales ciudades durante todo el año oscila entre los 12-22º C en los meses fríos y 22-30º C en los meses más calurosos. Muy lejos de las frías temperaturas de otras macrociudades como Nueva York o Washington D.C. en la costa este durante los meses de otoño e invierno.

El perfil de las personas sin hogar, a simple vista, estaba muy claro: había una mayoría de personas afroamericanas, seguidas, con una proporción algo más baja, por blancos, latinos, nativos americanos y asiáticos.

Los datos con respecto a esta última percepción no me dan del todo la razón, pero vale la pena analizarlos. Según el Informe de Asesoramiento Anual de 2016 elaborado para el Congreso de Estados Unidos, el 48 por ciento de las personas sin techo son blancas, las afroamericanas el 39 por ciento, los nativos americanos casi el 3, y los asiáticos el 1 por ciento. Sin embargo, si se comprueba y compara con los datos de población total, los blancos son el 77 por ciento y los afroamericanos alrededor del 15.

El salvaje crecimiento de la población homeless en los últimos años pone de manifiesto el irresoluble problema del precio de la vivienda y la inmovilidad de los sueldos. Muchas de las personas que acaban sin hogar llegan a esa situación tras vivir en una espiral en la que, con sus bajos salarios, gastan más de la mitad de su sueldo en la vivienda, que no ha parado de subir mientras los salarios permanecían estáticos.

Los Ángeles desde Griffith Observatory. Foto: C. M.

Lo poco que pude ver con respecto al ámbito laboral tampoco fue demasiado esperanzador. En Los Ángeles, durante un viaje en Lyft (una app de taxis parecida a Uber, pero algo más barata), el conductor, de origen latino, contó que trabajaba casi todos los días de la semana unas 16 horas diarias y que solo iba a su casa para dormir. Con menos horas o menos días, su sueldo no sería lo bastante decente como para permitirse vivir en una ciudad como LA.

También apuntó que había ahorrado lo suficiente como para comprarse una casa grande en un barrio residencial en la que ahora vivía su hermana de alquiler. Por comodidad con su trabajo, él había decidido alquilar un estudio en el centro que, cada vez que podía, alquilaba a través de AIRBNB para obtener ingresos extras.

Un poco de Estado del bienestar


Me pareció una locura. De nuevo, desde ese cómodo eurocentrismo que me hace pensar que reservar un hotel al lado del ayuntamiento es algo lógico, me parece terrible tener que trabajar tantas horas para asegurarte una vida decente prácticamente sin comodidades y teniendo que hacer piruetas para tener un buen seguro médico y, con suerte, un poco de tiempo de descanso a lo largo del año.

Otra de las percepciones que se pueden tener, y que es subjetiva y difícilmente demostrable, es que la gente parece estar siempre hecha polvo. Además, muchos dan la sensación de aparentar más edad de la que en realidad tenían. Por eso, casi todas las veces que me han preguntado cómo ha ido el viaje he respondido con el mismo chascarrillo: muy bien, pero he visto a los americanos con falta de un buen Estado del bienestar y un poco de socialdemocracia.

Por último, mi consejo es que desconfiéis siempre de quien os ponga a Estados Unidos como ejemplo de nada. Todo lo que vi allí en una semana es lo último que quiero para España. Y hacedme un favor: hay que cuidar las jornada de 40 horas, las vacaciones retribuidas y la gratuidad de los servicios públicos esenciales. Fuera de eso, todo lo demás se parece mucho al infierno.

Vendedor ambulante en Chinatown, San Francisco. Foto: C. M.

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