Don Nicomedes: el último de Chivisaya

Sociedad

En la soledad de una montaña de Chivisaya, en Tenerife, justo donde el municipio de Candelaria linda con Arafo, don Nicomedes Carballo cuida a su rebaño de cien cabras con la ayuda de la fiel compañía de su perro Moreno, un pastor garafiano. Tiene 83 años y declara con orgullo que tendrán que transcurrir otros setenta para poder pensar en su retirada. Hasta entonces seguirá despertándose a las tres de la mañana para ordeñar y dar largos paseos por las cumbres. Es el único pastor que queda en los altos de Candelaria.

«Tengo las cabras por mero entretenimiento», detalla don Nicomedes sobre el motivo por el que mantiene la rutina de cuidar a su ganado. Además, explica que a su edad es un oficio que presenta múltiples dificultades y que «si no fuera por el perro no podría pasearlas». En la actualidad, el cabrero padece varias operaciones en sus piernas y el desgate físico de sus manos debido al trabajo desempeñado durante 27 años en diferentes galerías de agua en Tenerife, El Hierro o La Palma. Y añade lo siguiente: «Yo ordeñaba más rápido que la ordeñadora, pero ahora he perdido habilidad. Recuerdo que sacaba 40 kilos de queso gracias a mis dedos».

La jornada diaria de don Nicomedes se inicia a las tres o cuatro de la mañana para ir al corral a ordeñar. Tras finalizar esta tarea le dedica unas horas al cuidado y elaboración de sus quesos. En estas dos labores cuenta con el apoyo de su mujer, Eva Delgado. Al amanecer se abren las puertas del establo, las cabras salen, y el pastor, sujetando con decisión un bastón de madera con su mano derecha y ajustando su sombrero beige a la cabeza, emprende la salida por las despobladas colinas de Chivisaya.

A mediodía, cuando comienza a roer el hambre, regresa a la granja para el almuerzo. A esta hora nunca falta un vaso de vino tinto y algunas tiras de queso curado. A la tarde retoma el paseo con su rebaño y a la noche las cabras  se despiden de su patrón, a la espera de que se escuche el chirriar de una puerta al ponerse el sol.

«Reconozco a las cabras por sus diferentes sonidos. Como el que toca una guitarra e identifica que una cuerda está desafinada»


«Reconozco a las cabras por sus diferentes sonidos. Como el que toca una guitarra e identifica que una cuerda esta desafinada», afirma don Nicomedes. A lo que añade, que es capaz de diagnosticar si una está enferma con tan solo agarrar su ubre y las conoce tan a fondo que les atribuye nombres distintos, ya que para él presentan diferentes rasgos físicos y de comportamiento. Para demostrar su exhaustivo conocimiento del ganado cuenta el siguiente ejemplo: «Si me falta una cabra, tú no sabes cuál es. Al echarse frente a la granja ya sé quién falta. Para ti son todas iguales».

Entre las desventajas que ocasiona el pastoreo, resalta la rigurosa disciplina y en ocasiones considera que su entretenimiento puede transformarse en una esclavitud. A no ser que estés enamorado de la actividad, como le sucede a él. También, destaca que es un ejercicio más suave que el que realizó en las galerías de agua, pero exige continuidad. Siempre ha compaginado el cuidado de las cabras con diferentes empleos.

Pero desde hace cuarenta  años, tras retirarse de las galerías, se vuelca plenamente en su verdadera vocación. Actualmente, logra mantener a su rebaño gracias a un sueldo del Estado por lo que trabajó en el pasado. Además esta renta le permite tener una vivienda en Arafo, pero puntualiza que su vida no está allí abajo, sino en la cumbre, donde pasa la mayor parte del tiempo.

«Cuando estamos en la ciudad respiramos gasolina y suciedades incrustadas en el aire. El que está en la cumbre tiene más vida»


Sobre el valor de la leche generada por su ganado explica que posee una mayor calidad, debido a la alimentación de escobones o ramas de pino, que la producida por otros tratados en zonas costeras. «Si vendiera la leche a la quesería, me la pagarían más cara que a los pastores de abajo porque tiene más grasa», detalla el cabrero. Según don Nicomedes los lugares también influyen sobre nuestra salud y lo expresa así: «Cuando estamos en la ciudad respiramos gasolina y suciedades incrustadas en el aire. El que está en la cumbre tiene más vida».

Él cuenta con un certificado del Cabildo que le proporciona poder pasear a su rebaño por las cumbres de Chivisaya. Aunque siempre, de forma prudente, dobla y guarda el papel que testifica esta condición en su bolsillo por si algún guardia civil le detiene Y comenta que le garantizan este exclusivo derecho por lo siguiente: «A mí me lo permiten porque soy el cabrero más viejo de la cumbre».

Su padre, Juan de Izaña, fue uno de los últimos pastores de las Cañadas del Teide


Su padre, Juan de Izaña, fue uno de los últimos pastores de las Cañadas del Teide y experimentó la progresiva desaparición del pastoreo y diversos senderos que recorrían muchos de los cabreros tinerfeños de su época. La afición de don Nicomedes por las cabras proviene de su pariente. Es el único de sus diez hermanos que continúa en este oficio. Además, declara, a la vez que se le escapa una sonrisa de afecto, que su padre le enseñó todo lo que sabe sobre las tareas de campo y recuerda que a los 17 años andaba descalzo por una de sus fincas para reunir a toda la manada. Sin importarle que sus pies quedaran sucios de barro. Se convertía, poco a poco, en un pastor.

Ninguno de los tres hijos de don Nicomedes ha optado por el estilo de vida que practica su padre. Él explica que al vivir en la cumbre te pierdes una tarde de cine, la celebración de una fiesta o una conversación con unos amigos en una cafetería. Esta circunstancia lo entristece un poco y subraya la soledad que reina en los montes. Aunque suele recibir varias visitas a la semana. Teme el día en que las montañas queden despobladas, con sus escasas granjas polvorientas y envueltas en telarañas y sin ningún caminante que lance un fuerte grito a un rebaño de cabras. La mirada se le empapa. El relevo generacional le preocupa, es consciente de que muy pocos jóvenes están dispuestos a convivir con «el aire de brezo, de escobón, de pino del Teide».

«No tengo estudios, pero la experiencia me ha dotado de conocimiento»


Sobre el cuidado sanitario de su rebaño revela que nunca ha acudido un veterinario a su granja. Él mismo se encarga de emplear métodos tradicionales para sanar a las cabras que contraen alguna infección o enfermedad. «No tengo estudios, pero la experiencia me ha dotado de conocimiento», sentencia don Nicomedes.

En 2015 fue galardonado con el Premio Tenerife Rural de Conservación del Patrimonio con motivo de que se le considera un referente del mantenimiento de las tradiciones y costumbres ganaderas de Canarias. Aún con la frente repleta de surcos y algún que otro dolor en la cadera o en la pierna, renuncia a quedarse sentado mirando a las musarañas y defiende que hay que mantenerse activo toda la vida. «Si pienso en mi muslo partido y en todos los problemas que conlleva la vejez…, me muero pronto», comenta el pastor. Y, tras una breve pausa consagrada a un sorbo de vino, concluye con las siguientes palabras: «Siempre estaré con ellas. Como si las guardo con una muleta».