Primero somos personas

Opinión

La homosexualidad es uno de los temas más polémicos de la actualidad pues aún existen colectivos que la consideran como enfermedad, delito, inviabilidad o, incluso, pecado. Afortunadamente, sus defensores, que son muchos, han alzado la voz manifestando que amar a una persona del mismo sexo es tan normal como la heterosexualidad o cualquier otra orientación sexual. En los últimos años, este debate ha conseguido cada vez más visibilidad. Así, hemos podido presenciar algunos progresos en el reconocimiento de sus derechos, como la aprobación de leyes que permiten el matrimonio homosexual en 22 países (otros 28 permiten la unión civil), la adopción de hijos por parte de una pareja del mismo sexo o que castigan la discriminación hacia el colectivo LGBTI.

También es importante destacar el hecho de que, en el cine, un factor muy influyente en la cultura, los personajes homosexuales hayan aumentado en número y relevancia, llegando a los hogares a través de la pantalla como algo normalizado y cotidiano: las películas Brokeback Mountain o Carol, y las series Orange Is The New Black o Queer as Folk.

En Rusia, África y Asia las personas homosexuales son perseguidas e incluso penalizadas


Sin embargo, a pesar de todo, en las mismísimas calles en las que vivimos, muchas personas son marginadas y señaladas, acosadas y víctimas de burla, simplemente por tener una orientación sexual distinta a la considerada normal. En España, según el primer balance de la Brigada Provincial de Información, de los delitos de odio cometidos en el año 2017, un 38,41 % fueron dirigidos contra el grupo LGBTI. Lo peor de todo es que cada año aumentan más y más: en el informe del Ministerio de Interior se confirmó que en el 2016 los delitos de odio por orientación o identidad sexual se incrementaron en un 36 % con respecto al 2015.

También existen casos más radicales, donde la homosexualidad es perseguida en muchos lugares tales como Rusia, África o Asia —en cifras determinadas, un total de 72 estados—, o donde es castigable con pena de prisión o de muerte en algunos países del mundo. Además, solo nueve estados contemplan la no discriminación por razones de orientación social, y únicamente tres prohíben los tratamientos para curar la homosexualidad. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI aún sigan ocurriendo estas cosas?

Antes que homosexuales, heterosexuales o cualquier otra orientación sexual, las personas son, ante todo eso, personas. Nacen con unos derechos y libertades que muchísimas veces se ven infringidas por una sociedad con mentalidad retrógrada y con miedo a los cambios que vivimos. Todos somos iguales y el simple hecho de que una persona sienta amor y atracción hacia otra de su mismo sexo no es razón ni justificación para considerarla distinta o inferior y, mucho menos, para discriminarla.

La raíz de la homofobia


Es verdad que, con respecto al siglo pasado, se han dado grandes avances, y cada vez son más los que se unen a la lucha que intenta derrotar a la discriminación hacia los homosexuales y al grupo LGBTI, en general. Pero da rabia que todavía exista gente que no puedan ser ellas mismas y amar libremente por miedo. Por miedo a recibir insultos o una paliza. Por miedo a no ser aceptados.

La aprobación de leyes que favorezcan y protejan al colectivo LGBTI —que ni siquiera se dan en todos los países que supuestamente los defienden— a veces no es suficiente para conseguir la necesaria igualdad. Para solucionar un problema, hay que hacerlo desde su raíz, y la raíz de la homofobia se encuentra en la sociedad, en la educación y en la cultura. Tratando la homosexualidad en la formación de las personas se llegaría a una sociedad más consciente y tolerante que, tal vez, ayudaría a acabar con esta realidad inaceptable.

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